martes, 2 de abril de 2013

Facilitas al faquir su holocausto ígneo y binario. Deseas, empero, flanear su aliento flámeo o metal fósforo. Te adhieres a su respirar fosforescente de animal de falquía que retroalimenta tu falda estampada de florescencia espantosa. Y él, con florete gutural, te convida a su penitencia de fumarola furente, a su funeral que es la parodia del fuego para fervorar tu fantasía inflamada de fresa desnuda, de fuga centrífuga y de fósil combustible. Te explica la filiación incógnita de su faringe flámea y te rindes a la condición de su flechería que es fianza de llama: filaria parásita de la palabra. Y, ahora, un falcinelo alado de fábulas te picotea el corazón y el faquir (con violencia de febreros y fibromas) te abre dos costillas férricas y te devasta el corazón con su llama de amor muerta: como a Felipe Neri y su florencia.