Y yo no atino a relatarte mi destino de fulgores o alacranes.
No acierto a temblar de vivo, a atardecer cuando las aguas se descrisman de saliva o sal viva.
Tendría que preambular la blancura de las corcheas encantadas.
Decirte, en fin, que no sé cómo fue lo de los vientos acristalados, que el canto -parado y extático encanto- se adueña de esta inmensa disnea que me abarca. La horca horrenda y sin vestigios de nave. El violín que resuenas -risueña- mía. Para gritarte (en el eco concéntrico de tu pliegue) que la vida se sesga y se trasviste, que se me desfigura en esta especie de banda sonora auroral con coda de arrepentimiento.
Te pido un auxilio necesario para lo del fuego.
Para contemplar tu esfinge de espectros que no me miento.
Esa que me socorre cuando corres -campo traviesa- hacia la muerte abundante que te lego.
04/02/04
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